Florencia Fontan, Poema «Resiliencia»

Resiliencia

Duele,
tras transitar por traseras callejuelas,
asentar el tiempo en escaleras
donde el pasado se divierte
conmemorando improbables fantasías,
descubrir como aquello que sana
mata lentamente
y es esa agonía soportable
triste antesala vencida
para la feroz muerte vívida.

Herida.
Cicatriz señalando heroicos tiempos
donde la sangre de las palabras,
el viento consumido en ahogos
de vivos pulmones combativos,
dejaban estela grata,
sudor converso en granada paz
a golpe de verbo y dactilar encono.

Entonces
era rumor de profana sábana,
ensueño ilusorio de imperfecta mente
la que, envalentonada,
consumía los días como frutos palpitantes
dando recias bocanadas de cielo
y cieno a la par en puro deleite.

Dejaré pues siempre la carne abierta
al igual que puertas y balcones,
expondré sin medida ni cautela
los signos del peregrinaje y su dolor amigo,
así recordaré como la senda
es lo único importante
para no olvidar que la anestesia y sus secuaces,
embalsaman las horas,
asesinan sin pudor la única vida posible.

No puedes callarte, me hablas de la interesante conversación mantenida con un actor, y cuentas de una prueba que va a realizar en un circo, buscan un hombre bala y ahora no es una escafandra lo que lleva en la cabeza el desconocido que se sienta dos filas más adelante. ¿Tanto tiempo he estado ausente? Un casco de acharolados colores se ilumina de repente en el vagón, su rostro, pintado como el de un payaso, destaca blanquecino, lívido casi. Gira la cabeza y me sonríe mientras guiña uno de sus ojos con complicidad. No le conozco, pero él parece conocerte.

    —Busca trabajo entonces. —Afirmo.

Asientes con la cabeza y te explayas, me dices que no es la primera vez, y tal vez tampoco la última, que participa en una prueba donde buscan un hombre bala. Muchas veces le han contratado, pero, tras el primer lanzamiento, el verdadero, el ejecutado frente a un público enaltecido, cuando su cuerpo cae sobre un montón de paja y espuma sintética, afirma que se queda mirando al cielo, lentamente mueve los dedos de los pies y comienza a reincorporase. Minutos después presenta su dimisión irrevocable.

Se hace un silencio largo y plano, las luces del vagón comienzan a perder intensidad, la noche invita al sueño y obliga a los pasajeros a permanecer en un mutismo atento mientras, por las ventanas, la negritud corre paralela al tren.

—Ser hombre bala es un camino, no una profesión. —Musitas con un murmullo. —No le interesa el circo, ni un trabajo seguro y bien remunerado, —me aclaras, —su interés pasa por conseguir, en uno de esos lanzamientos, atravesar esta realidad y aparecer en un universo paralelo.
Te miro incrédula, aunque la penumbra posiblemente me esté hurtando el gesto. Prosigues abundando en explicaciones.
—Según me ha contado, la razón, la causa de esta búsqueda, se debe a un amor fallido.
—Como no podía ser de otro modo. —Agrego ácida de inmediato.
Me miras sorprendido, no esperabas una reacción tan poco razonada, casi vehemente.
—Me debo de haber explicado mal, —aclaras. —fallido porque nunca llegó a comenzar, no a causa de un deterioro paulatino por convivencia o acción erosiva del tiempo.
—Hablas del amor como un geólogo.
—Y eso que no te he hablado de las rocas sedimentarias, ni de fósiles petrificados, que también los hay en el amor.

Reímos intentando ahogar el sonido en el brazo, contra la lana del jersey, un temblor de hombros en mitad del silencio anaranjado. Afuera la noche sigue impenetrable, a veces, un objeto cercano a las vías se ilumina levemente con el resplandor que le presta el vagón a través de las ventanas. Son espectros, fantasmas de cosas indefinidas a las que la imaginación da forma. Postes cesantes, cordeles de tendederos, el tableteo visual de una valla de madera, todo pasa acelerado, una fuga hacia atrás buscando el olvido de lo irreconocible. Espacio y tiempo invertido, la luz aleja los objetos, fenómeno inverso al originado en el cosmos. Tal vez, sin sospecharlo, nos estamos acercando al principio.

Poco a poco el aíre regresa plácido a los pulmones y retomas el dialogo. El hombre bala, dos hileras de asientos más adelante, parece dormido. El casco ahora tan solo emite un resplandor de atardecer mortecino y neblinoso.
—Como te iba diciendo, pretende aterrizar en un universo paralelo, pero como imaginas no las tiene todas consigo.
—Eso es evidente. —Formulo alzando las cejas.
—Vuelves a errar, —indicas satisfecho, —es notorio que viaja en este tren y salvo que no nos hallamos dado cuenta ninguno de los dos, por el momento, no hemos aparecido en ninguna de las múltiples páginas del multiverso, ese libro permanece cerrado para nosotros.
—Todo se andará. —Replico aleccionadora con el dedo índice erguido.
—Nuestro payaso es en realidad Sísifo renacido. —Lo afirmas mostrando una amplia sonrisa, esperas, deseas con toda el alma que formule preguntas y por eso mismo mantengo un silencio prolongado. Sufre.
Te percatas de la maniobra, cruzas los brazos y cierras los ojos como si te dispusieras a dormir de inmediato. Un «hasta mañana» revierte el conjuro y ahora soy yo la que suplica, la deseosa de conocer el porqué del payaso Sísifo.

—Fácil, —anuncias, —no en todas las realidades los hechos se habrían realizado tal y como él desea. Las variantes pueden ser múltiples. Incluso pudiera ser que jamás se hubiesen conocido y eso le obligaría a seguir siendo el hombre bala, el payaso que repite pruebas para poder saltar a otra página del multiverso, a otra variante más. Piensa el drama. —Lo dices y aguarda unos segundos para que mi mente se sitúe. —Esta vez cuenta con el conocimiento de la existencia de la persona amada y la imposibilidad de saber en dónde se encuentra.

Te miro con los ojos espantados. En realidad, nuestro payaso es una especie de Sísifo. Te doy la razón y sonríes jactancioso.

Mientras te dispones a dormir, esta vez de verdad, retomo el cuaderno de tapas verdes, casi a tientas cojo el bolígrafo.

Notas en el Cuaderno Verde 3. (Línea 555).
Escribo:

Alma Ramos, poema «Idilio»

Idilio

dos mil conchas derramadas
en la curva del agua
la marea habla por sí sola cuenta
números
historias
como un bingo en honor del azar

tirados mis libros mis perros
mis humanos mis amores
tirados al sol gotean
el alma derretida
bajo la lengua disuelven
viejas escamas que nunca
protegieron el espinazo de nadie

las palabras quiebran sus nombres
como un lagarto rompe el huevo
conoce la luz
por primera vez

tras de sí la arena embetunada
el recuerdo peregrino de un caracol
reza.

Fotografía: Anton Corbijn con Sinéad O’connor

Cris Calaveras, Poema «Epifanía I»

Epifanía I

Cuando sientas que no puedes más,
déjate llorar.
Que esas aguas que tratas esconder, son un río generoso.
Su fluir puede que duela, pero arrastra penas.
Cicatriza.
Riega semillas.
Esa que, sin tú saberlo, escondes bajo la piel.
Un día,
con el tiempo suficiente, y el calor de los tuyos,
brotarán de ti nuevas flores
y tú,
tú te habrás convertido en un jardín lleno de color.

Imagen: Blade Runner película dirigida por Ridley Scott. Año: 1982.

Ignacio Campoy, poema «Cena en el Jardín del Edén»

Cena en el Jardín del Edén.

No insistas,
tomaron asiento los comensales y las guirnaldas de colores penden de las ramas más altas.
La luna sobre el aliento del estanque se refleja y sus tobillos de cañas destilan melaza de ciegas abejas.
En el vidrio de los cálices se estrella un lejano cometa.
—Pide un deseo. —Adviertes.
—Degollar al cisne que entre tus muslos recita himnos de terror y pérdida.
Alguien ríe, otros, solo suspiran ante el milagro del glande que la alquimia despereza.
Veladas luces,
faroles candentes entre sinuosos visillos y privados tules.
Perfectas máscaras,
Amor se cubre con hermosísimas caretas.
Eso ofreces solo,
matarife heroico,
tendón y sangre,
saliva y lefa.
Baila en el dorso de la mano una peonza de espejos hasta que los luceros vomiten e hiervan.
Se estremece el jardín del alma entre penitencias mientras peces de papel,
flotando sobre nenúfares de cera,
recitan versos,
esos afectados de pura y helicoidal mierda.
La alberca el eco roba de las tristes ranas muertas.

No desean tomes asiento,
tu saliva quema,
la trenzada palabra apesta.

Imagen: Cortesía de Piqsels.

Sara Pozo, poema «Café Ajenjo»

Café Ajenjo

¿Os acordáis de esos bares que solíamos
frecuentar?
Y eran de ti como una casa.

Nos mecían como una cuna,
nos cantaban
y un café te pagaba la terapia.

Yo recuerdo esos bares, como si ya fuera vieja
como si la guerra hubiese acabado con ellos
¿Y su gente?… Y su gente quién sabe,
los miro como si fuera ajena,
una desconocida que espía hacia adentro.
¿Y sus caras?
Quiénes podrían reconocer sus caras
que ya tanto se alejan del recuerdo.

Pablo Picasso – “Bebedora de absenta” (1901, óleo sobre lienzo, 73 x 54 cm, Museo Hermitage, San Petersburgo)

David López, poesía «Hemos llegado a ser morirte»

Hemos llegado a ser morirte

Hemos llegado a ser morirte
el napoleón del crimen hemos borrado países especies árboles,
cosas que son preciosas y que les hemos puesto un valor ficticio, no mi pequeña
desgraciadamente somos maquinas.
Trabajo.
Trabajo consumir, consumir,
vivir del consumo.
O sino lo obraremos inculcando el miedo en los corazones de la gente.

A base de guerras creando epidemias terrorismo
y siempre hay personas
que erijan marchas por el bien de la humanidad, pero me pregunto
y es pertenezco a este siglo lucrado de tanta tecnología que se nos han olvidado.
De cosas tan simples como el dialogo los ideales o los sentimientos no; no pertenezco.

En los que pensar se convierte en una patología,
en una codicia,
valoramos el físico el dinero y el poder este narcisismo
mundo colmado de hipócritas y difamadores
que no puedes sobresalir a la calle sin que te llamen gitano o puta
a la notable crecida.

Yo no creo en las quimeras
creo en el camino que van hacia ellas
pero ese camino
es borrado.

Fotografía: «Fire escape collapse» (1975) de Stanley Forman

Gonzalo Almansa, poema «Remar solo queda»

Remar solo queda

Solo queda otear océanos como abismos
romper el dique (de conmoción) y remar.
Solo queda,
solo queda dar fe de golondrinas mensajeras
el mundo sin destino y remar.
Solo queda la vida y yo en un hotel sin ventanas,
hablando sobre la rutina de los peces.
Remar solo queda,
la tierra y el cuerpo y nada más.

Sólo tú y yo hablamos con las ranas, poesía visual «Jardín hambriento»

Nuestras lenguas oceánicas se derraman
y siembran un jardín
en el cráter de la noche.

Somos semillas de una madera
que no arde.

-Que ninguna luciérnaga
se atreva a quemar este bosque-

Aunque sobrevivimos al sueño nuclear
los pájaros hambrientos
desean devorar
jugosos frutos
aun a sabiendas
que somos inmortales.

Florencia Fontan, poema «El Cuaderno Verde»

El Cuaderno Verde

La espiral del cuerpo,
ese mirar por la ventana desde el lecho
y comprobar como todo continúa
elaborando una metáfora asequible,
azul de cielo, embebido crujir
de vocingleras golondrinas,
o las vegetales cimas
de abetos y cipreses.

Resulta posible que los ojos,
aquellos cuyo vidrio
el paso de las estaciones partiera,
se extasiarán sin saber el porqué
con tanto encendido aroma,
tanta sutil melodía
y no cuestionara el paso de la nube,
el lejano cántico de voces infantiles,
o el despiadado tañer del chiflo
de afilador invitando a Hipnos
a embelesar la tarde
entre balancines y volátiles sedas.

Más todo sigue aquí, igual,
expuesto a la avaricia de mantis
y al impulso de ser una pitia
conocedora de la única
misteriosa verdad viable:
Nada importa, del cuerpo la espiral,
del cielo el azul todo
y vergeles cimas de cipreses y abetos.

—No conozco a ningún astronauta. —Le dices mientras con movimientos ceremoniosos miras por la ventana.
Cuando gira la cabeza su escafandra refleja las luces del techo, pequeños soles lejanos encastrados en un cielo que parece de cartón.
—No somos muchos. —Contesta como disculpándose. —Nadie quiere que se le caigan las uñas, resulta muy angustioso. Los más eficientes se las extirpan antes de embarcarse en una misión larga.
—¿Se las arrancó usted, o dejó que se le cayeran? —Preguntas.
—No fue necesario, jamás he salido del planeta, soy un astronauta en la reserva. —Lo dice sin que parezca afectarle la confesión.
Levanto la mirada del cuaderno de tapas verdes, os veo hablando como dos viejos amigos que se reencuentran inesperadamente.
—¿No le importa eso? —Primero preguntas, después aclaras. —Lo de no haber abandonado este planeta.
Veo en la distancia como su escafandra se inclina hacia el suelo, parece mirarse los pies.
—Si le soy sincero jamás me gustaron las alturas. —Confiesa. —Mi mayor deseo era que nunca fuese necesario montarme en una de esas máquinas, en un cohete, —explica, —han sido doce años de incertidumbres, de miedos a que cualquier circunstancia anómala, un accidente, una enfermedad, me obligara a sustituir a un compañero, aunque en verdad nunca me sentí compañero de nadie, los astronautas somos así, muy nuestros.
Sonríes comprensivo. La figura flotante del nauta del espacio parece no vagar fuera del vagón, miras y tan solo percibes la imagen estática del interlocutor con escafandra que permanece sentado frente a ti.
—Me acerqué hasta usted porque le he visto volar fuera, giraba de continuo alrededor del convoy. —Le explicas mientras miras tus dedos, aquella confesión sobre las uñas parece haberte afectado. Cierras las manos.
—En algunas ocasiones sucede, sobre todo cuando me quedo traspuesto. Cierro los ojos, —explica, —y siento un vacío bajo los pies. Intento abrirlos de inmediato, pero a veces el sueño me vence y no puedo evitarlo.
—Tal vez, en el fondo, desee saber qué es eso de volar. —Apuntas.
—Puede, como le dije somos muy nuestros, ser cosmonauta suponía destacar dentro de las profesiones que mis conocidos habían elegido, vendedor de seguros, médico de familia, si bien son bastante necesarias mi elección resultaba más llamativa, un halo de misterio y aventura doraban hasta la misma palabra… —Por un instante mira evocador hacia el techo de luminarias naranjas para después, compungido, continuar hablando. —A veces tomamos decisiones equivocadas, demasiado pronto, por razones ajenas a nuestro verdadero deseo nos encaminamos por una ruta escabrosa y excesivamente ardua para nuestro ánimo. Sí, esa es mi historia. Ahora me conformo al regresar de mi actual ocupación, cuando el sueño me lo permite, con girar alrededor de este tren todas las tardes.
Le observas con un deje de tristeza, esa que se pinta en tus labios y solo yo sé reconocer.
—¿Y a qué se dedica ahora? —Le preguntas temiendo que se eche a llorar y se ahogue dentro de la escafandra.
—Vendo tostadoras. —Te mira como esperando le hagas otra pregunta que le permita justificar su falta de ambición. —Podría estar trabajando en un banco, pero eso me impediría ponerme el traje, no ponérmelo, —aclara, —si no el llevarlo conmigo hasta la tarde. —Mientras realiza esa afirmación señala un amplio petate que ocupa por completo el asiento contiguo. —Las tostadoras pesan poco, solo tengo que llevar una, se trata de una comercial reciente y su muestrario es muy reducido.
—¿Un solo producto? —Inquieres asombrado.
—Si ampliaran el catálogo tendría que dejarlo, —explica con vehemencia, —ya he abandonado algunas carteras por esa razón. Lo único que me mantiene con cierta esperanza, —insiste excitado, —es poder volar alrededor de los vagones cuando el sueño me lo permite.
Retorno al cuaderno de tapas verdes, de un momento a otro te levantarás del asiento y regresarás a contarme sobre tu charla, no deseo me expliques aquello intuido, no soportaría el comprobar como, alguna variante, pudiera modificar lo que mi fantasía ha construido.

Notas en el Cuaderno Verde 2. (Línea 555).
Escribo:

Sólo tú y yo hablamos con las ranas, poesía visual «Renombrar la luz»

La luz despide sus últimos resquicios.
Salta la inquietud del tiempo.

-Hoy somos reales por un instante-
Permanecemos en la memoria de los pájaros.

Injustamente te agarro de la mano.
Siendo libres de renombrar
todas las estrellas del firmamento.

Sara Pozo, poema «Creyente»

CREYENTE

Sé que no hago esto a menudo
siento que una parte de mi quiere culparte…
y la otra… bueno la otra es esta…
la que te reza todas las oraciones
que de niña aprendí.

Recuerdo las tardes en la iglesia, cuando rezábamos
de rodillas ante ti, el hijo de Dios, –en silencio–
¿Qué se supone
que debíamos hacer?
A veces te hablaba
otras solo contemplaba…
…tus lagrimas…. ¿por qué te sacrificaste por nosotros?
Casi podía saborearte la sangre, los clavos en tu piel…

Quise llorar, –Dios sabe las veces que quise llorar
bajo tus pies,
pero nunca lo hice–

Hoy repaso tu credo –sigo sin entender
qué clase de padre mata a su hijo– y
oro, oro no por mí,
hoy oro por quienes podrían ser mis hermanas, mis hermanos que lloran
y mueren.

Kabul, Afganistán entera llora ante titanes alados
la guerra se cierne a puño y bala, mueren los derechos,
la vida es un juego, pasto y armamento
dólares, opio, litio, petróleo.

Tu sangre sabe a ellos
tú eres la arena y el agua que mojan sus pies.
Baja y obra el milagro, vuelve aquí donde naciste
obra el milagro que esperan
esta tierra sigue siendo de barro y sangre
tal y como cuando nos dejaste.

David López, poesía «Fantasía en Londres»

Fantasía en Londres

Si Lord Byron pudiera cantar
yo pondría un sombrero de copa en mi cabeza
con una taza de té de lágrimas en un bar de Picadilly.
Y cantaría las notas más altas de las veladas sin amor de no retorno
en el West End si la luna fuera perla;
si tu sonrisa fuera diamante pertenecerías a la Torre de Londres con las demás joyas.
De la casa marinero, vagabundo, vendedor y sufridor.
Soy en un puerto de mar junto
a un sol que muere para renacer al día siguiente
así son las noches en pena bajo la lluvia picante y bajo el silencio y el olor a sal.